12 de agosto de 2026
6/3/2026

Por Delfina Palomares
Salmo 120 | Este artículo es una adaptación resumida de una charla pensada para mujeres.
Hace ocho años, en mi país se debatió si matar bebés en el vientre de su mamá podía ser legal. Yo estaba terminando el secundario, y recuerdo cómo mis profesores y mis propios compañeros militaban para que eso ocurriera. Fue una temporada muy difícil para los que creemos que la vida comienza desde la concepción. Estar en este mundo sabiendo que no pertenezco a él, que es hostil a lo que amo, se sintió agotador.
Probablemente, en algún momento de tu vida este viaje hacia la eternidad también se sintió agotador. Quizás la maldad de este mundo te hizo sentir ahogado y sin esperanza. No sos el único. En el Salmo 120, el Salmista nos muestra que la vida como peregrinos en un mundo hostil es dolorosa, y que esto no es una verdad nueva.
Este artículo está basado en uno de los Salmos de Ascenso: cánticos que el pueblo de Israel recitaba mientras subía en peregrinación a Jerusalén, camino al templo, para adorar a Dios y celebrar las fiestas religiosas. El Salmo 120 es el primer escalón de ese camino. El peregrino recién parte; todavía está lejos. Por eso este salmo no ofrece una resolución completa: el alivio pleno viene después, en los salmos que siguen. Aquí lo que tenemos es la experiencia honesta del comienzo del viaje.
Nosotros también somos peregrinos. No subimos físicamente a Sión, pero caminamos en este mundo de camino a encontrarnos con Dios en la eternidad. El peregrinaje de Israel es una figura del nuestro. Y si este camino se siente doloroso, la Palabra de Dios tiene algo para decirnos.
I. Orando con confianza (vv. 1–4)
En el inicio del salmo, el salmista nos da la respuesta a nuestra pregunta.
En mi angustia clamé al Señor,
y Él me respondió.
—Sal. 120:1
Podemos clamar al Señor en nuestro sufrimiento y él siempre va a respondernos. El versículo uno sostiene el resto del Salmo: el salmista recuerda que en el pasado clamó al Señor y el Señor le respondió. Por eso ahora hace una nueva petición, con la confianza de que lo que ocurrió antes va a volver a ocurrir.
Libra mi alma, Señor, de labios mentirosos,
y de lengua engañosa.
¿Qué te dará, y qué te añadirá,
oh lengua engañosa?
Agudas flechas de guerrero,
con brasas de enebro.
—Sal. 120:2–4
En el versículo dos vemos que la angustia del salmista no es genérica. Lo que lo aflige tiene forma, no es simplemente que el mundo es difícil, sino que está rodeado de engaño. Labios mentirosos. Lengua engañosa. Él pide que Dios lo libre de eso.
El Salmo 120 nos ayuda a nombrar algo que con frecuencia sentimos. Vivimos en un mundo donde el discurso está saturado de falsedad: voces que llaman bien al mal y mal al bien, que intentan redefinir la realidad con palabras nuevas, que prometen lo que no piensan cumplir. Esto como peregrinos nos agota mucho. El salmista se siente igual de agotado y busca su alivio en Dios.
¿Podés ver la progresión? En el versículo uno, la certeza: clamé al Señor y me respondió. En el versículo dos, la petición: líbrame de la lengua engañosa. En los versículos tres y cuatro, vemos el resultado de esa oración: la certeza de que Dios traerá juicio sobre esa lengua.
Nuestra esperanza cuando peregrinar es doloroso es que Dios responde nuestras oraciones. Él nos escucha. El sufrimiento de vivir en un mundo donde las personas odian a Dios, donde nos rechazan, donde el engaño es moneda corriente, no pasa por alto ante él. Podemos clamar con confianza porque él respondió antes y un día responderá con juicio ante la injusticia humana que como peregrinos nos agota.
II. Peregrinando con honestidad (vv. 5–7)
Me encanta la honestidad con la que la Biblia nos muestra la experiencia humana en un mundo caído. El salmista no trata de ocultar ni minimizar lo que siente en el exilio.
¡Ay de mí, porque soy peregrino en Mesec,
y habito entre las tiendas de Cedar!
Demasiado tiempo ha morado mi alma
con los que odian la paz.
Yo amo la paz, pero cuando hablo,
ellos están por la guerra.
—Sal. 120:5–7
Mesec era un pueblo del norte asociado con gente guerrera y ruda; Cedar, una tribu árabe del desierto conocida por su violencia. El salmista no nos dice que habita literalmente en esos lugares, sino que usa esos nombres para describir su experiencia: vive en un ambiente hostil, violento. Un lugar que no es su lugar.
Lo que llama la atención es el versículo seis: «demasiado tiempo». No es un episodio puntual. El alma del salmista está agotada de vivir en una condición prolongada. Y en el versículo siete vemos el contraste: él habla de paz, ellos están por la guerra.
Quizás nos sentimos así cuando vemos la masacre de cristianos alrededor del mundo que mueren por creer en el nombre de Jesús. Cuando vemos políticos corruptos que solamente buscan su beneficio a costa del pueblo que juran defender. Cuando vemos niños sometidos a maltratos sistemáticos. La experiencia no es tan distinta a la del salmista: nos agota vivir en un mundo donde las personas odian la paz y aman la maldad.
Pero la Biblia no minimiza esto. No tenemos que fingir que el peregrinaje no duele. El salmista nos enseña que podemos ser honestos acerca del peso de vivir en tierra ajena.
El salmo no termina en el versículo siete como si fuera el final. Es el comienzo: el primer escalón de una larga subida hacia Sión. Acá el peregrino recién parte, agotado, rodeado de engaño, añorando la paz. Pero sabiendo a quién clamar.
Peregrinar con confianza y honestidad
¿Cómo podemos afrontar nuestro paso temporal en la tierra? Con confianza de que Dios nos escucha y va a traer juicio en el día final para cada obra injusta, y con honestidad de que el peregrinaje duele.
No necesitamos pretender que todo está bien. Podemos ser honestos —cuando nos preguntan en la iglesia cómo estamos, cuando oramos, cuando acompañamos a alguien que sufre— acerca de cuánto pesa vivir en tierra ajena. Podemos estar tristes por la maldad de este mundo sin olvidar que el Señor nos escucha en esa tristeza. Podemos clamar con confianza, sabiendo que de él viene la liberación.
Nuestro paso por este mundo es temporal. Un día el Señor va a restaurar todas las cosas y volveremos al hogar donde pertenecemos. Él va a traer juicio en medio de las injusticias humanas. Hasta entonces, podemos sufrir con honestidad mientras dependemos de él en oración y en comunión con nuestros hermanos, que hacen más liviano el viaje. Dependamos del Señor en nuestro peregrinar, acudamos a él sabiendo que él hace más ligero el camino.

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