16 de septiembre de 2026

9/16/2026

¿La fidelidad de Dios hace la diferencia cuando nuestros líderes son indignos?

¿La fidelidad de Dios hace la diferencia cuando nuestros líderes son indignos?

Por Delfina Palomares

Dios es fiel también para juzgar, esto debería llevarnos a vivir vidas que no se burlan del pecado ni creen que nuestras propias fallas no tienen consecuencias.

Base Bíblica 1 Samuel 2:12-36

Hace poco me crucé en Twitter con un titular que, en los últimos cinco meses, ya había visto varias veces: «pastor confiesa que ha estado teniendo una aventura romántica por ocho años». Cada vez que leo algo así siento que se me rompe el corazón. Y detrás de esa tristeza aparecen las mismas preguntas: ¿esto no es una vergüenza para el nombre del evangelio? ¿Cómo van a creer las personas en Jesús si los líderes de la iglesia guardan secretos tan escandalosos, o si algunos de ellos hacen lo que la Biblia condena? En medio de ese desconcierto hay una pregunta más precisa que vale la pena hacerse: ¿la fidelidad de Dios hace la diferencia cuando nuestros líderes son indignos? Nuestro pasaje va a responderla.

Pero conviene mirar el problema con una lente más amplia. 1 Samuel no es, en el fondo, un libro sobre líderes buenos o malos: es la historia de cómo Dios establece su reino. Ya lo escuchamos en la oración de Ana, cuando ella canta que el Señor «dará fortaleza a su rey, y ensalzará el poder de su ungido» (v. 10). Ese es el horizonte de todo el libro. Así que la pregunta se afina: ¿puede la infidelidad de los líderes interponerse en el propósito de Dios de establecer su reino? Si la respuesta fuera sí, un titular como el de Twitter tendría motivo para hacernos desesperar.

El libro de Jueces termina en caos: anarquía y vacío espiritual. En ese contexto arranca Samuel, en Silo, con Elcana, sus dos esposas y la peregrinación anual a la fiesta. Ahí aparece Ana, una mujer estéril que ora con el alma rota por un hijo que no llega, y Dios le responde con Samuel, a quien ella consagra y deja en el templo. En paralelo, el texto presenta a otro hombre, Elí, y a sus dos hijos, que también sirven en el templo, pero con el corazón lejos de Dios. Dos familias, un mismo templo, y una pregunta que las atraviesa a ambas: ¿puede la segunda arruinar lo que Dios empezó con la primera? Este texto nos lo muestra: primero con dos modelos de servicio opuestos (vv. 12-26); después, cómo Dios juzga con fidelidad el pecado de sus líderes (vv. 27-34); y por último, cómo esa misma fidelidad lo lleva a cumplir su promesa (vv. 35-36).

Dos modelos de servicio (vv. 12-26)

El texto nos cuenta quiénes son Ofni y Finees: eran sacerdotes, hijos del sumo sacerdote, con el privilegio más alto que un israelita podía tener: servir en la presencia de Dios. El versículo 12 los describe así: «los hijos de Elí eran hombres indignos; no conocían al Señor».

Vale la pena ver cómo se traducía esa indignidad en la práctica. Cuando alguien traía un sacrificio, la ley pedía que primero se quemara la grasa para el Señor y que recién después el sacerdote recibiera su porción. Ofni y Finees no tenían paciencia para ese orden: mandaban a un criado con un tenedor de tres dientes a hundirlo en la olla mientras la carne todavía se cocía, y se quedaban con lo que salía enganchado —lo mejor, antes de que Dios recibiera lo suyo— (vv. 13-14). Si alguien se atrevía a pedirles que respetaran el orden y quemaran primero la grasa, la respuesta era una amenaza directa: «no, sino que me la darás ahora, y si no la tomaré por la fuerza» (v. 16). No era un descuido ocasional: era un patrón deliberado de robo sagrado, disfrazado de servicio religioso. El versículo 17 lo resume: «el pecado de los jóvenes era muy grande delante del Señor, porque despreciaban la ofrenda del Señor».

Y no terminaba ahí. El versículo 22 cuenta que estos mismos hombres «se acostaban con las mujeres que servían a la entrada de la tienda de reunión», el mismo lugar donde Israel se acercaba a Dios. Corrupción económica y corrupción sexual, las dos ejercidas desde el altar. Cuando Elí, su padre, finalmente los confronta, ellos ni siquiera lo escuchan —y el texto añade una frase terrible: no lo escucharon «porque el Señor quería que murieran» (v. 25).

Mientras los hijos de Elí pisoteaban lo sagrado, «el niño Samuel ministraba delante del Señor» (v. 18) y «crecía en estatura y en gracia para con el Señor y para con los hombres» (v. 26).

El Dios fiel que juzga el pecado (vv. 27-34)

Después de tanta corrupción e impunidad, el versículo 27 da un giro inesperado: «un hombre de Dios vino a Elí». No tiene nombre. No hay genealogía ni aviso previo: aparece de la nada, en un Israel donde, después de todo el caos de Jueces, la voz profética prácticamente había enmudecido.

Al estudiar este pasaje recordé la historia de una amiga. Hace cinco años, en la iglesia donde ella se congregaba, hubo un escándalo con el pastor: un hombre de unos setenta años, con esposa, hijos y nietos, que llevaba un romance secreto con una mujer de la congregación. Mi amiga, que todavía era una creyente nueva quedó deshecha, y con la pregunta constante: «¿cómo pudo hacer algo así?». Ese día hablamos sobre que Dios es fiel incluso cuando expone el pecado de sus líderes. Que salga a la luz no es la peor noticia; es la prueba de que a Dios no se le escapa nada y de que sigue cuidando a su pueblo por encima de quienes deberían representarlo.

Eso es justo lo que hace el hombre de Dios con Elí. Antes de acusar, le recuerda la fidelidad del Señor:

27 Entonces un hombre de Dios vino a Elí y le dijo: «Así dice el SEÑOR: “¿No me revelé ciertamente a la casa de tu padre cuando ellos estaban en Egipto como esclavos de la casa de Faraón?

28 ¿No los escogí de entre todas las tribus de Israel para ser Mis sacerdotes, para subir a Mi altar, para quemar incienso, para llevar un efod delante de Mí? ¿No le di a la casa de tu padre todas las ofrendas encendidas de los israelitas?

Y después señala la infidelidad, en un reclamo que no distingue entre los hijos y el padre:

29 ¿Por qué pisotean Mi sacrificio y Mi ofrenda que he ordenado en Mi morada, y honras a tus hijos más que a Mí, engordándose ustedes con lo mejor de cada ofrenda de Mi pueblo Israel?”

El reclamo alcanza también a Elí, que vio el pecado de sus hijos y prefirió mirar para otro lado antes que disciplinarlos. La pasividad de Elí lo volvió cómplice en el pecado de sus hijos. Dios sentencia:

30 Por tanto, el SEÑOR, Dios de Israel, declara: “Ciertamente Yo había dicho que tu casa y la casa de tu padre andarían delante de Mí para siempre”; pero ahora el SEÑOR declara: “Lejos esté esto de Mí, porque Yo honraré a los que me honran, y los que me desprecian serán tenidos en poco.

Y el sello final en el versículo 34: «tus dos hijos, Ofni y Finees: en el mismo día morirán los dos». No es una amenaza vacía: se cumple palabra por palabra en el capítulo 4, cuando ambos caen en la misma batalla, el mismo día. El Dios fiel que promete juicio para el pecado no se olvida ni se demora.

Pero eso deja abierta la pregunta con la que empezamos: si Dios tiene que juzgar así a sus propios líderes, ¿significa eso que su plan de establecer su reino puede ser estropeado? De ninguna manera.

El Dios fiel que cumple sus promesas (vv. 35-36)

Justo después del juicio, Dios promete algo nuevo:

35 Pero levantaré para Mí un sacerdote fiel que hará conforme a los deseos de Mi corazón y de Mi alma; y le edificaré una casa duradera, y él andará siempre delante de Mi ungido.

36 Y todo aquel que haya quedado de tu casa vendrá y se postrará ante él por una moneda de plata o una torta de pan, y le dirá: ‘Asígname a uno de los oficios sacerdotales para que pueda comer un bocado de pan’”».

Esa promesa se cumple, en parte, en Sadoc (1 R. 2), un sacerdote realmente fiel. Pero Sadoc es apenas una sombra de Alguien mucho más grande: Jesús, el sacerdote perfecto y sin pecado, que hizo la voluntad de Dios hasta el final, y que además es el ungido —el mismo rey que la oración de Ana ya anunciaba desde el primer capítulo.

Esto responde nuestra pregunta. Ofni y Finees pudieron corromper el sacerdocio de su época. Elí pudo fallar como padre y como líder. Pero ninguno de los dos pudo torcer un milímetro el propósito de Dios de traer su reino. Es más: el mismo juicio que Dios ejerce sobre ellos es parte de cómo protege y hace avanzar ese propósito. Cuando los líderes obran con maldad, el pueblo sufre, pero Dios juzga la infidelidad de sus líderes para guardar a su pueblo (v. 9) y seguir adelante con su plan, hasta llegar a Jesús.

¿Qué hacemos, entonces, cuando un escándalo como el del pastor de mi amiga —o el del titular que vi en Twitter— ensucia el nombre de la iglesia, cuando algunos líderes dentro de la iglesia piensan que el matrimonio igualitario no está tan mal, o cuando vemos a otros actuar con perversidad? En todos los casos, la respuesta es la misma: confiar en la fidelidad de Dios. No debemos pensar que los líderes indignos pueden torcer el plan de Dios, no gastar energía en peleas absurdas de redes sociales para «defender» su nombre, y ser intencionales en predicar el evangelio, porque a pesar de los líderes indignos, el plan de Dios de establecer su reino sigue en marcha. Al mismo tiempo, debemos tomar en serio que Dios es fiel también para juzgar, esto debería llevarnos a vivir vidas que no se burlan del pecado ni creen que nuestras propias fallas no tienen consecuencias.

Ningún pecador va a detener el plan de Dios de salvar a la humanidad y establecer su reino. Confiemos en la fidelidad de Dios, mientras procuramos mantenernos fieles a Él.

Delfina

Acerca del autor

Delfina Palomares

Delfina es argentina. Está casada con Manuel y juntos sirven en la Iglesia Bíblica Ciudad de Dios. Estudió en Cornhill Training Course en Londres y trabaja a tiempo parcial con Cross Connections, promoviendo la formación bíblica en todo el mundo. Actualmente está haciendo una Maestría en Artes en Estudios Teológico en Westminster Seminary.

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