5/19/2026

Por Sandra Alvarenga
Mientras leíamos La santidad de Dios de R. C. Sproul en el club de lectura, surgió una pregunta importante: si la Biblia llama santos a los creyentes, ¿por qué Sproul afirma que “Dios es santo y nosotros no”?
La respuesta está en que la santidad de Dios y la del creyente no son iguales. Dios es santo por naturaleza: infinita, perfecta y eternamente. El creyente, en cambio, es hecho santo únicamente por su unión con Cristo y por la obra del Espíritu Santo.
Para entender esta diferencia debemos comenzar en Isaías 6. Allí el profeta contempla al Señor sentado en un trono alto y sublime, rodeado de serafines que proclaman: “Santo, santo, santo”. Esta triple repetición expresa la plenitud y perfección de la santidad divina. Dios no es simplemente más santo que nosotros; Él es completamente distinto de todo lo creado. Es exaltado, trascendente y soberano sobre todas las cosas.
La santidad de Dios no se refiere solamente a la pureza moral. También habla de su absoluta trascendencia. Dios es incomparable en su ser y perfección. Incluso los serafines cubren su rostro delante de Él, reconociendo su pequeñez ante la gloria divina. Nadie puede acercarse a Dios con ligereza.
Además, la santidad de Dios implica una oposición total al pecado. Dios no es indiferente al pecado; lo aborrece y lo juzga. Por eso la reacción de Isaías es tan impactante: “¡Ay de mí, que soy muerto!”. Al contemplar la gloria de Dios, el profeta reconoce inmediatamente su propia condición pecaminosa. Algo similar ocurre con Pedro cuando cae de rodillas delante de Jesús y dice: “Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador” (Lucas 5:8). La santidad de Dios siempre revela la realidad del corazón humano.
Sin embargo, Isaías 6 no termina en condenación. Dios mismo provee el medio para limpiar al profeta. El carbón tomado del altar toca sus labios y su culpa es quitada. El altar del sacrificio anticipa la necesidad de expiación para que el pecador pudiera acercarse a Dios.
Aquí aparece la gran pregunta del evangelio: ¿Cómo puede un pecador permanecer delante de un Dios “santo, santo, santo”?
Romanos 3 responde claramente: todos hemos pecado y estamos destituidos de la gloria de Dios. Ninguna obra humana puede justificarnos delante de Él. La santidad divina expone nuestra culpa y nuestra incapacidad de salvarnos.
Pero precisamente ahí el evangelio se vuelve glorioso. Lo que jamás podríamos alcanzar por nuestros propios esfuerzos, Dios lo proveyó en Cristo. Estar “en Cristo” significa que Dios atribuye al creyente la justicia perfecta de Jesús, acreditándola a su favor. Así, el pecador es perdonado, reconciliado con Dios y declarado justo, no por sus obras, sino por la fe en Cristo.
Pablo mismo entendió esto. Aunque tenía motivos humanos para confiar en su obediencia religiosa, reconoció que nada de eso podía hacerlo justo delante de Dios. Su justicia no provenía de la ley, sino de Cristo (Filipenses 3:4–9). La justificación significa que Dios declara justo al pecador basándose completamente en la obra perfecta de Cristo.
En la cruz, Cristo cargó el castigo que nosotros merecíamos. Jesús vivió la obediencia perfecta que nosotros nunca podríamos vivir y murió en lugar de pecadores como tú y yo. Por eso la salvación es un regalo de gracia recibido únicamente por medio de la fe (Efesios 2:8).
Sin embargo, la obra de Dios en el creyente no termina en la justificación. La Biblia también enseña que el Espíritu Santo transforma progresivamente la vida de aquellos que han sido unidos a Cristo. A esto la Escritura llama santificación.
Hebreos 10:10, 14 enseña que Cristo obtuvo de una vez y para siempre el perdón de los pecados mediante su sacrificio perfecto. Cuando el texto dice que Cristo “hizo perfectos para siempre a los santificados”, no significa que el creyente ya no lucha contra el pecado, sino que la obra necesaria para nuestra aceptación delante de Dios ya fue completada plenamente por Cristo.
Por eso, la santidad del creyente no es perfección instantánea. Es una vida de arrepentimiento, fe, obediencia y dependencia continua del Espíritu Santo. Aunque todavía existe una batalla contra la carne, el creyente ya no vive bajo el dominio del pecado. La gracia de Dios no nos lleva a amar más el pecado, sino a luchar contra él.
Aquí es importante entender algo. Nuestra aceptación delante de Dios no descansa en nuestro desempeño espiritual, sino en nuestra unión con Cristo. Cuando fallamos, no dejamos de ser hijos de Dios. Sin embargo, el mismo evangelio que nos justifica también nos transforma y nos santifica progresivamente.
Pablo expresa esta realidad en Gálatas 2:20 cuando dice: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”. El creyente ya no pertenece a la vieja vida dominada por el pecado. En Cristo, el viejo hombre ha sido crucificado y ahora hemos sido llamados a vivir en novedad de vida.
Por eso, regresar voluntariamente al pecado es totalmente contradictorio con nuestra nueva identidad. Romanos 6:14 declara que el pecado ya no se enseñoreará de aquellos que están en Cristo. Esto no significa ausencia de lucha, sino un cambio de dominio y de señorío.
Antes éramos esclavos del pecado, dominados por nuestros deseos y separados de Dios. Pero ahora pertenecemos a Cristo. Muchas veces pensamos en la libertad en términos humanos y hacemos la pregunta equivocada: “¿Eres esclavo o libre?”. Bíblicamente, la verdadera pregunta es: “¿De quién eres esclavo?”.
Todos servimos a alguien. Hacer nuestra propia voluntad y seguir los deseos engañosos de nuestro corazón parece libertad, pero en realidad es una de las mentiras más antiguas de Satanás. Siempre termina esclavizando al ser humano. Cristo, en cambio, nos libera para vivir verdaderamente para Él. Jesús mismo dijo: “Así que, si el Hijo los libertare, serán verdaderamente libres” (Juan 8:36).
La verdadera santidad no se produce simplemente esforzándonos más, dejando ciertas actitudes o alejándonos de las llamadas “malas amistades”. Recuerda que el pecado está en nuestro corazón (Jeremías 17:9; Marcos 7:21–23). Por eso, la verdadera santidad nace de permanecer cerca de Cristo y depender de su gracia cada día. Cuanto más vemos la santidad de Dios revelada en el evangelio, más conscientes somos de nuestro pecado, pero también más maravillados quedamos por la grandeza de su misericordia. Y es precisamente el Espíritu Santo quien continúa transformando al creyente a la imagen de Cristo, hasta el día en que estaremos plenamente en su presencia.
Si llegaste hasta aquí y te diste cuenta de que has intentado vivir una vida “perfecta” en tus propias fuerzas, o que has practicado una religión sin tomar realmente en serio la santidad de Dios y el llamado que nos hace a vivir en santidad, no te condenes. Hoy puedes arrepentirte de una vida vana y autosuficiente y correr a Cristo, abrazando el evangelio que no solo salva, sino que también santifica. Solo en Él hay perdón, gracia y una vida verdaderamente transformada.
Bibliografía:
● Sproul, R. C. La santidad de Dios.
● Hendriksen, William. Comentario al Nuevo Testamento: Filipenses.
● Packer, J. I. El conocimiento del Dios santo.

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