8/5/2026

Lo esencial en el oficio pastoral

Lo esencial en el oficio pastoral

Por Juan Carlos de la Cruz

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. 2 Timoteo 2:15

Base Bíblica 1 Timoteo 4:13-16

La esencia del oficio

“Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura, la exhortación y la enseñanza”. (1 Timoteo 4:13)

En esa dinámica consiste esencialmente el oficio del pastor. Los dones del Señor a su Iglesia son especialmente magisteriales (Efesios 4:7-11). Casi todo lo que la iglesia está llamada a hacer —sea evangelización, misiones, ganar almas, predicar, enseñar, la Gran Comisión, el discipulado o el entrenamiento para el ministerio— consiste en enseñar (2 Timoteo 3:15-17).

Podría —pero no debería— haber descuido

“No descuides el don que hay en ti [esto puede pasar], que te fue dado mediante profecía con la imposición de las manos del presbiterio”. (1 Timoteo 4:14)

Múltiples causas pueden provocar el descuido de un ministro cristiano. Lo regular es que el tiempo y el cansancio traigan algo de esto. La mecánica en la enseñanza y la predicación puede llegar a aburrir al maestro y predicador. Por esta razón, en el Israel nómada, Dios limitó el oficio sacerdotal al período comprendido entre los 20 y los 50 años de edad (Números 4:3; 8:25).

Tu ocupación, pastor

“Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos”. (1 Timoteo 4:15)

El oficio de enseñar y predicar —es decir, pastorear— tiene un rigor muy elevado. Se requiere que este oficial sea un buen administrador de los misterios de Cristo (Efesios 3:1-11) y fiel (1 Corintios 4:2), lo que implica que tales hombres deben ser diligentes (Esdras 7:6-10). En otras palabras, por supuesto, el ministro debe ser «ejemplo» de la grey en palabra, obra, espíritu, fe y pureza; es decir, en diligencia y en el temor del Señor. Debe ser un hombre fiel y esforzado; no hay que definir ninguno de esos dos términos.

Su ocupación principal debe centrarse «en la lectura, la predicación y la enseñanza». ¿Por qué la lectura o el estudio? ¡Porque sí! Hágalo así y no pregunte (¡perdón por la broma!). Pero la realidad es que quien no estudia, quien no se ocupa de beber de la fuente, se seca y muere. ¿Se imagina usted a un predicador descuidado en el estudio de las Escrituras? Recuerde a Esdras (7:6-10). El mismo Pablo, en 2 Timoteo 4, estando a punto de morir, le pidió a Timoteo que le trajese los libros que había dejado en otra ciudad. Es impropio, infiel y digno de vergüenza que un ministro sea descuidado en el estudio de la Escritura.

Asimismo, los demás deben ver el progreso en el ministro. Si alguien nota un desenfoque, merma o baja, hay que poner atención, ya que eso no debe pasar. Sin embargo, pasará, aun sin intención, si se pasan por alto elementos naturales tan básicos como las vacaciones, la edad o si hay un exceso de confianza personal. Pasará también si se descuidan los deberes esenciales, tales como ejercitarse para la piedad, la lectura, la oración constante y la capacitación continuada.

Cuida de ti, predicador; eso glorifica a Dios

“Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren”. (1 Timoteo 4:16)

Hay dos cosas que el ministro debe cuidar como un verdadero tesoro:

• De sí mismo.

• De su enseñanza o doctrina.

El famoso predicador escocés Robert Murray M'Cheyne, quien murió a los 29 años por descuido propio, testificó que Dios le había dado un caballo y un mensaje, y admitió: «maté el caballo» (refiriéndose a sí mismo; pues él era el caballo).

Se cuenta también que un novicio, perteneciente al circuito de predicadores bajo la supervisión de John Stott, se le acercó un día con la finalidad de renunciar porque se sentía estancado. Stott, después de escucharlo, indagó y descubrió que aquel joven llevaba cinco años sin tomar vacaciones. Stott le aconsejó que se tomara un tiempo sabático de tres meses y que, al regresar, hablarían del asunto. Ese fue el santo remedio.

El predicador no debería jugar con su descanso, sus vacaciones, el tiempo y el trato con su cónyuge, su salud personal ni su tiempo en familia. La rutina y las abrumadoras tareas ministeriales sofocan con facilidad, cansan y demandan mucha energía. Sin embargo, el debido cuidado privado y familiar, acompañado de sus vacaciones correspondientes, resolverá el agotamiento excesivo y el cansancio hasta el punto del burnout (el colapso).

Está de más decir que el pastor del rebaño de Cristo —puesto que para ello lo llamaron y lo sostienen financieramente— debe ser cuidadoso de su «doctrina» o «enseñanza» (didaskalía). Eso, que es su oficio en esencia, debe ser manifiesto a todos; es decir, la congregación debe saber que ese predicador conoce la Biblia y predica la Palabra. Esto no se da en automático: requiere del mismo rigor que cualquier otro conocimiento, sumado a la diligencia en la vida de piedad y testimonio, todo ello bañado en oración incesante.

Conclusión

Cuando el pastor se presente delante del Señor, no será cuestionado por cuántos hermanos llevó al hospital (aunque seguramente le preguntarán a cuántos enfermos fue a visitar). Pero el interrogante, sin duda, girará en torno a su diligencia en la lectura, la exhortación (predicación) y la enseñanza (doctrina). También le preguntarán por “su caballo” (figurativamente hablando). De ahí la exhortación del apóstol Pablo a Timoteo:

“Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que usa bien la palabra de verdad”. 2 Timoteo 2:15

¡Amén!

Juan Carlos

Acerca del autor

Juan Carlos de la Cruz

Juan Carlos de la Cruz es pastor en la Iglesia Bautista Nueva Jerusalén, en Bonao, República Dominicana, y vicepresidente de Southern Baptist School for Biblical Studies.

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