19 de agosto de 2026
5/9/2026

Por Abigail González
Vivimos en un mundo que nos exige constantemente satisfacer las demandas del “deber ser”. Las exigencias de una sociedad superficial y frágil nos empujan a “hacer” para “ser”. Desde su nacimiento, y debido a su condición de esclavitud al pecado, el ser humano se encuentra inmerso en esta carrera por la autosatisfacción: la necesidad de ser alguien, de pertenecer, de tener una identidad, de ser admirado, reconocido, amado, no olvidado.
Esa búsqueda nunca se agota. Corremos tras el deseo de ser exitosos, de mantenernos continuamente felices, tratando de evitar a toda costa el sacrificio y el sufrimiento. Buscamos no ser dejados de lado, no ser menos que otro, no ser ignorados. En ocasiones, cuando alcanzamos un logro nos sentimos profundamente felices, pero pronto esa felicidad se ve opacada por una sensación de insatisfacción. Descubrimos que nunca nada es suficiente: surge otro deseo, o el logro de alguien más nos desplaza y nos hace sentir nuevamente el miedo de ser menos o de “no ser”. Rápidamente caemos en la depresión y comenzamos otra vez la búsqueda de una nueva satisfacción que nos haga visibles y provoque la admiración de los demás. Nuestro ego demanda constantemente atención. Así, vivimos en una montaña rusa de deseos, emociones e insatisfacciones, buscando aquello que nos haga sentir que tenemos una identidad.
Ahora bien, ¿Cómo es que podemos ser libres de esa carrera agotadora y esclavizante?, La libertad solo se alcanza hallando nuestra verdadera identidad. Sin embargo, esa identidad no se encuentra en lo que la sociedad demanda, en lo que otros opinan, en las modas, políticas, ideologías o redes sociales indican, ni siquiera en lo que tú mismo deseas. La única manera de librarte de esa agotadora carrera por una identidad que depende de lo vano y pasajero de este mundo, y de la insatisfacción de tu corazón, es dejar de ser esclavo del pecado y ser trasladado a la libertad de una nueva vida con una identidad perfecta: la de ser hijo del mismísimo Dios.
Pero, ¿Cómo sucede esto? ¿Qué significa estar en Cristo?
La Biblia dice: “Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria” (Col. 3:1-4).
El apóstol Pablo se dirige a un público que afirmaba y profesaba fe en el Señor Jesucristo, y les insta a vivir conforme a esa nueva condición, buscando agradar a Dios y no a ellos mismos. Discerniendo aquello para lo cual habían sido salvados, viviendo para lo eterno y no para lo efímero, superficial y temporal. ¿Cómo se obtuvo esa nueva condición? Pablo les dice: “habéis muerto”. Al respecto, John MacArthur dijo: “El tiempo del verbo conjugado –habéis- indica que una muerte ocurrió en el pasado –la cual claramente no había sido la de los oyentes de ese momento- se refiere a la muerte de Jesucristo, en la que los creyentes fueron unidos con Él, su castigo por el pecado fue pagado por completo, y ellos fueron resucitados con Él a una nueva vida”. Por lo tanto, estar en Cristo, nos hace partícipes de su muerte y de la nueva vida en Cristo. Es decir que tenemos una vida espiritual común con el Padre y el hijo. Y eso no se obtiene mediante tus esfuerzos, sino mediante la fe en Jesucristo y descansando en obra de redención que Él ya realizó. Solo así, todo lo que Él es y todo lo que Él logró lo obtenemos por estar en Él, por medio de la fe. Por ello Pablo afirma: “Cuando Cristo, vuestra vida”. Porque al volver a nacer mediante la fe, Su vida, pasa a ser nuestra vida.
Estar en Cristo es la doctrina de la unión del creyente con Jesucristo. Este concepto describe una intimidad espiritual más profunda de lo que podemos imaginar entre el Señor y sus hijos. Aunque Él se relaciona con nosotros como Señor, Salvador, Dios y Maestro, no se trata únicamente de una relación de obediencia o adoración. Es mucho más que eso: quienes están en Él y Él en ellos viven una unión espiritual y relacional íntima, profunda y real, gozando de su amor, santidad, libertad, seguridad eterna, perdón, cuidado, protección de todo enemigo espiritual, acceso a toda bendición, y esperanza Eterna.
El término “en”, gramaticalmente, es una preposición que ubica, sitúa o contextualiza algo en relación con espacio, tiempo, modo o condición. Estar en Cristo es una condición de posición en la cual fuimos puestos al momento de creer, y de la cual no podemos salir una vez introducidos en su perdón y amor. Conlleva la idea de haber sido sumergidos, mudados, de habitar en Él y de que Él habite en nosotros. Por lo tanto, aquí ya no importan tus perfecciones, ni logros, ni la jactancia de tus habilidades, sino la naturaleza de Aquél que te transformó en lo que eres EN Él: La hija de un Rey, la hija del Dios viviente, del más sabio y perfecto Señor, heredera de su gracia y de todas las riquezas de las cuales puedes empezar a gozar desde ahora y de las cuales disfrutarás por la eternidad.
Romanos 5:12-21 nos muestra el contraste: todos nacemos “en Adán”, bajo pecado y muerte, pero el Evangelio nos traslada a estar “en Cristo”, donde hay libertad y vida plena, sin condenación (Ro. 5:18-19). Nuestra unión con Cristo implica mucho más que pasar de un lugar a otro; conlleva la gloriosa realidad de dejar de ser una cosa y comenzar a ser otra. Y no solo eso: la idea es mucho más profunda. Todo lo que Él hizo al adoptarnos, nos fue otorgado. Estuvimos con Cristo en el acto mismo de la redención: morimos con Él, resucitamos con Él, vivimos con Él, tenemos redención y perdón (Ef. 1:7; Col. 1:14). Al estar en Cristo, estamos en la fuente de toda bendición (Ef. 1:3), unidos a su perfecta vida de obediencia, revestidos de su justicia (Gá. 3:27). Su vida es nuestra vida (Col. 3:4).
Que nuestra identidad esté en Cristo significa que ya no vivo mi vida como propia, sino que tomo su identidad en mí y soy tomado por Él. No puedo pretender ser otra cosa, porque pertenezco a Él. Estoy en Él, debo vivir su vida y tomar SU forma.
Querida amiga, lo primero que debes considerar es si has sido rescatada de la esclavitud del pecado y de este mundo. Si aún no estás en Cristo, corre hacia Él. Deja de buscar, de manera frustrante, la paz, el reconocimiento, la identidad, la felicidad y la plena satisfacción que solo el Señor Jesucristo puede darte. No pierdas tu tiempo: comprende que ninguna búsqueda terrenal podrá otorgarte lo que únicamente Él ofrece. El perdón, la libertad, la plenitud, la verdadera satisfacción y la vida abundante no se hallan en ideologías, logros o deseos personales, sino en la unión con Jesucristo. Él te invita a dejar de buscar identidad en lo efímero y a recibir la vida eterna que se encuentra únicamente en Él.
Si ya estás en Cristo, recuerda que tu identidad está asegurada en Él. No necesitas seguir buscando satisfacción en lo pasajero, en tus logros, en tu servicio, en los ministerios, en tu grupo de amigas de la Iglesia o en el reconocimiento de los demás. Todo lo que anhela tu corazón se encuentra en la comunión con Él. Recuerda que es por medio de Él que puedes hacer todo lo demás. Vive confiada en que tu vida está escondida con Cristo en Dios, y que en Él tienes seguridad, propósito y esperanza, independientemente de lo que estés viviendo o de lo que te rodee.

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